jueves 25 de junio de 2009
Tiempos de guerra 1936-1939
–Estoy orgulloso de que luchéis contra el fascismo –nos dijo mi padre. Para él, como hombre idealista, era un honor que fuéramos al frente. Y yo no quería luchar porque me lo hubiese pedido él. Yo quería hacerlo por la libertad, por mi país y por la democracia republicana. Porque había hecho mías sus ideas políticas. No podía haber sido de otro modo. No se puede luchar si no hay fe. Pero en el fondo estaba muerto de miedo. Todos lo estábamos. Aunque en casa me llamaban “Bolchevique”, la idea de empuñar un arma me ponía de los nervios.
viernes 29 de mayo de 2009
Tiempos de héroes 1917-1936
Nací en Madrid el once de agosto de 1917, dos días antes de que se levantara en España la primera huelga general revolucionaria en la que murieron más de cien personas por la dura represión del ejército (...). Soy hijo vivo de la Revolución.
Mi familia vivía en un buen piso en uno de los mejores barrios de Madrid, pero yo nunca lo conocí porque a las pocas semanas de mi nacimiento tuvimos que mudarnos a otro hogar mucho más pequeño y miserable. Yo era el sexto de una familia obrera. Eusebia de Antonio, mi madre, era una humilde ama de casa y una gran mujer. Tadeo Bacarizo, mi padre, era un gran intelectual progresista y liberal, y en la lucha por los derechos de los trabajadores nunca daba su brazo a torcer. La explotación obrera y campesina era clamorosa en aquellos tiempos, y el movimiento socialista se hacía cada vez más fuerte para acabar con esa tremenda injusticia. Mi padre estaba en el ojo del huracán de la revolución que se iba a desatar, porque llevaba muy dentro su compromiso político. A mí me llamaba cariñosamente “Bolchevique” cuando me cogía en brazos, ya que, por esas casualidades de la vida, nací el mismo año en que Lenin, con la promesa de un gran cambio en el mundo, asaltó con sus camaradas el palacio de Invierno para derrocar el gobierno democrático de la Duma y alcanzar el poder en Rusia.
Antes de la huelga general revolucionaria española de 1917, Tadeo era un extraordinario mecánico y maquinista de la reconocida red ferroviaria Caminos de Hierro del Norte. Cómo era muy férreo de pensamiento político y tenía una inmensa fe en las ideas del socialismo postulado por Pablo Iglesias, no podía concebir que se sacaran los cañones en las plazas madrileñas de Ventas y Cuatro Caminos, en Barcelona y en otras ciudades españolas, que muriera gente y que él se quedara de brazos cruzados... Al final tomó la arriesgada decisión de anexionarse a la huelga obrera a pesar de las sabias advertencias de mi madre, que no quería que él se metiera en camisa de once varas ya que podía jugarse su puesto de trabajo; como así fue.
Cuando su tren estaba llegando a la Estación del Norte, a escasos doscientos metros, paró las máquinas y obligó a todos los pasajeros que bajaran de los vagones en señal de protesta y en apoyo a la huelga general revolucionaria. La compañía de ferrocarriles nunca se lo perdonó y por eso le echaron del trabajo. Por tanto, justo cuando yo era un recién nacido mi familia arruinada se fue a vivir a una casa muy pobre, casi una chabola, en el Puente de Vallecas.
Mi familia vivía en un buen piso en uno de los mejores barrios de Madrid, pero yo nunca lo conocí porque a las pocas semanas de mi nacimiento tuvimos que mudarnos a otro hogar mucho más pequeño y miserable. Yo era el sexto de una familia obrera. Eusebia de Antonio, mi madre, era una humilde ama de casa y una gran mujer. Tadeo Bacarizo, mi padre, era un gran intelectual progresista y liberal, y en la lucha por los derechos de los trabajadores nunca daba su brazo a torcer. La explotación obrera y campesina era clamorosa en aquellos tiempos, y el movimiento socialista se hacía cada vez más fuerte para acabar con esa tremenda injusticia. Mi padre estaba en el ojo del huracán de la revolución que se iba a desatar, porque llevaba muy dentro su compromiso político. A mí me llamaba cariñosamente “Bolchevique” cuando me cogía en brazos, ya que, por esas casualidades de la vida, nací el mismo año en que Lenin, con la promesa de un gran cambio en el mundo, asaltó con sus camaradas el palacio de Invierno para derrocar el gobierno democrático de la Duma y alcanzar el poder en Rusia. Antes de la huelga general revolucionaria española de 1917, Tadeo era un extraordinario mecánico y maquinista de la reconocida red ferroviaria Caminos de Hierro del Norte. Cómo era muy férreo de pensamiento político y tenía una inmensa fe en las ideas del socialismo postulado por Pablo Iglesias, no podía concebir que se sacaran los cañones en las plazas madrileñas de Ventas y Cuatro Caminos, en Barcelona y en otras ciudades españolas, que muriera gente y que él se quedara de brazos cruzados... Al final tomó la arriesgada decisión de anexionarse a la huelga obrera a pesar de las sabias advertencias de mi madre, que no quería que él se metiera en camisa de once varas ya que podía jugarse su puesto de trabajo; como así fue.
Cuando su tren estaba llegando a la Estación del Norte, a escasos doscientos metros, paró las máquinas y obligó a todos los pasajeros que bajaran de los vagones en señal de protesta y en apoyo a la huelga general revolucionaria. La compañía de ferrocarriles nunca se lo perdonó y por eso le echaron del trabajo. Por tanto, justo cuando yo era un recién nacido mi familia arruinada se fue a vivir a una casa muy pobre, casi una chabola, en el Puente de Vallecas.
viernes 30 de enero de 2009
Finalista del I Premio Literario Éride
¡Gracias, lectores!


¿Todavía no tienes Estos días azules? Para Sant Jordi, es el libro para regalar (y leer). ¡Que lo disfrutéis! ¡Y feliz día del Libro!
jueves 15 de enero de 2009
Así empieza...
Nadie en aquel autobús sabía quién era ese anciano de ochenta y siete años que, sentado en la parte de atrás, iba acariciando el envoltorio de una bella sortija que acababa de comprar en una joyería del centro. Se había levantado a media tarde con la excusa de ir a dar una vuelta, a pesar de que hacía mucho calor en Madrid y de que le dolía la espalda. Había decidido sorprender a su mujer, que esa noche cumplía ochenta años. Quería a Antonia desde el primer día que la vio, y habían pasado toda una vida juntos.
Julio se vio reflejado en la ventana del autobús porque afuera estaba anocheciendo. Se quitó cuidadosamente las gafas y se quedó mirando la intensidad del color del cielo de sus ojos, que brillaba en la negritud, en aquel improvisado espejo urbano. Tenía el rostro perfectamente afeitado con un fino bigote blanco, de época. Se colocó bien la corbata alzando un poco la barbilla y luego atusó con los dedos su blanco cabello. (...) En el fondo de sus meditaciones se detuvo en pensar en la cara que pondría ella cuando le viera aparecer con el regalo, como si quisiera seguir enamorándola cada día, con una ilusión que no se marchitaba nunca. De alguna manera, Antonia era su otro yo, el yo femenino del hombre que era él.
El autobús pasaba en esos momentos por la plaza de la Independencia. Julio se acercó a la ventana hasta que dejó de verse reflejado en ella y pudo mirar una vez más la iluminada Puerta de Alcalá, símbolo de la ciudad desde Carlos III. Nunca se había acostumbrado a mirar el mundo. (...) Mientras el autobús urbano se alejaba del viejo monumento madrileño que le había acompañado toda su existencia, le vinieron a la cabeza –o debería decir, al corazón– recuerdos de sus años de juventud, de guerra y de amor... Vio 1939 y el último verso en un papel arrugado en un bolsillo de un viejo gabán. Y en su interior se desató una tormenta de recuerdos. Como si fuera ayer, vio a sus queridos padres y a sus hermanos –de todos ellos, sólo quedaba su hermana Isabel, que vivía en el humilde barrio de Sants de Barcelona. También vio un tren blindado que corría por las laderas de la sierra madrileña en busca de ganado o de algo parecido a la libertad. Vio un chato recortarse en el aire y perderse para siempre en unas nubes de tristeza y desesperación. Se vio a sí mismo en un campo de aviación, reparando el motor herido de un caza republicano. Vio bombas caer del cielo y la destrucción. Vio la muerte y se sintió vivo. (...)
Julio se vio reflejado en la ventana del autobús porque afuera estaba anocheciendo. Se quitó cuidadosamente las gafas y se quedó mirando la intensidad del color del cielo de sus ojos, que brillaba en la negritud, en aquel improvisado espejo urbano. Tenía el rostro perfectamente afeitado con un fino bigote blanco, de época. Se colocó bien la corbata alzando un poco la barbilla y luego atusó con los dedos su blanco cabello. (...) En el fondo de sus meditaciones se detuvo en pensar en la cara que pondría ella cuando le viera aparecer con el regalo, como si quisiera seguir enamorándola cada día, con una ilusión que no se marchitaba nunca. De alguna manera, Antonia era su otro yo, el yo femenino del hombre que era él.
El autobús pasaba en esos momentos por la plaza de la Independencia. Julio se acercó a la ventana hasta que dejó de verse reflejado en ella y pudo mirar una vez más la iluminada Puerta de Alcalá, símbolo de la ciudad desde Carlos III. Nunca se había acostumbrado a mirar el mundo. (...) Mientras el autobús urbano se alejaba del viejo monumento madrileño que le había acompañado toda su existencia, le vinieron a la cabeza –o debería decir, al corazón– recuerdos de sus años de juventud, de guerra y de amor... Vio 1939 y el último verso en un papel arrugado en un bolsillo de un viejo gabán. Y en su interior se desató una tormenta de recuerdos. Como si fuera ayer, vio a sus queridos padres y a sus hermanos –de todos ellos, sólo quedaba su hermana Isabel, que vivía en el humilde barrio de Sants de Barcelona. También vio un tren blindado que corría por las laderas de la sierra madrileña en busca de ganado o de algo parecido a la libertad. Vio un chato recortarse en el aire y perderse para siempre en unas nubes de tristeza y desesperación. Se vio a sí mismo en un campo de aviación, reparando el motor herido de un caza republicano. Vio bombas caer del cielo y la destrucción. Vio la muerte y se sintió vivo. (...)
sábado 22 de noviembre de 2008
lunes 29 de septiembre de 2008
viernes 11 de abril de 2008
Presentación del libro
Las memorias de un aviador republicano
Presentaciones de libros hay muchas a lo largo del año, pero presentaciones con el autor y con el protagonista del libro no hay tantas, especialmente si los dos son nieto y abuelo.
En este caso, el pasado 25 de junio en el Museu d’Art Modern de la Diputació de Tarragona, tuvimos a Julio Bacarizo, veterano aviador de la II República, y a su nieto Breo Tosar, que presentaron junto al historiador Xavier Olloqui el libro Estos días azules. Memorias de Julio Bacarizo. Una historia de los campos de aviación de la guerra civil. La obra del joven escritor tarraconense tuvo una cálida acogida, y muchos de los asistentes aprovecharon para preguntar al protagonista cómo era la vida en los campos de aviación en la España republicana y especialmente en el Ebro, donde luchó con los bombarderos katiuskas.
Los lectores disfrutaron el encuentro con la inmensa suerte de escuchar a uno de los pocos aviadores supervivientes de la guerra civil, que al final saludó a los interesados y les dedicó varios ejemplares. Con sus noventa años, Julio Bacarizo mostró un sentido del humor espléndido para explicar su vida y una cabeza lúcida para rendir homenaje a los amigos y camaradas que murieron en los combates aéreos.
Abuelo y nieto han recogido unas memorias que explican, como el título indica, una historia de los campos de aviación de las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española), una historia real narrada con la agilidad de una novela de aventuras, una historia que vale la pena leer.
(artículo publicado en el Diari de Tarragona)
Presentaciones de libros hay muchas a lo largo del año, pero presentaciones con el autor y con el protagonista del libro no hay tantas, especialmente si los dos son nieto y abuelo.
En este caso, el pasado 25 de junio en el Museu d’Art Modern de la Diputació de Tarragona, tuvimos a Julio Bacarizo, veterano aviador de la II República, y a su nieto Breo Tosar, que presentaron junto al historiador Xavier Olloqui el libro Estos días azules. Memorias de Julio Bacarizo. Una historia de los campos de aviación de la guerra civil. La obra del joven escritor tarraconense tuvo una cálida acogida, y muchos de los asistentes aprovecharon para preguntar al protagonista cómo era la vida en los campos de aviación en la España republicana y especialmente en el Ebro, donde luchó con los bombarderos katiuskas.
Los lectores disfrutaron el encuentro con la inmensa suerte de escuchar a uno de los pocos aviadores supervivientes de la guerra civil, que al final saludó a los interesados y les dedicó varios ejemplares. Con sus noventa años, Julio Bacarizo mostró un sentido del humor espléndido para explicar su vida y una cabeza lúcida para rendir homenaje a los amigos y camaradas que murieron en los combates aéreos.
Abuelo y nieto han recogido unas memorias que explican, como el título indica, una historia de los campos de aviación de las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española), una historia real narrada con la agilidad de una novela de aventuras, una historia que vale la pena leer.
(artículo publicado en el Diari de Tarragona)
martes 2 de octubre de 2007
jueves 6 de septiembre de 2007
¿Dónde comprar el libro?
Estos días azules. Memorias de Julio Bacarizo. Una historia de los campos de aviación de la Guerra Civil Breo Tosar Bacarizo
Nuevos Escritores
ISBN: 978-84-96910-21-8
144 pág. Ilustrado. Apéndice fotográfico.
INTERNET:
LIBRERÍAS:
La llibreria de la Rambla, Adserà, La Capona, El Quiosc del Barri, La Casa del Libro, etc...
jueves 30 de agosto de 2007
Memorias de un héroe
Aquel periodo de juventud violada para mí fue esencial porque, entonces, con apenas veinte años me encontré a mí mismo. Cuando estalló la guerra yo sólo era un mozo. Puedo decir con cierto orgullo que era el hijo de uno de los mayores idealistas anónimos de la Historia, pero, a fin de cuentas, tan sólo era un joven de diecisiete años con toda la vida por delante. No sé cómo explicar esta historia porque es algo difícil de entender. Por mucho que especulen los historiadores, tengo el convencimiento de que jamás llegaré a comprender por qué los españoles decidimos matarnos entre nosotros.
viernes 17 de agosto de 2007
Un libro de amor
La vida no empezó cuando acabó la guerra, sino cuatro años más tarde. Madrid parecía un cementerio, con el hedor a pólvora todavía en el aire. Huecos en las fachadas heridas acompañaban la tristeza de hombres sin rostro, mujeres desoladas y grises, que se perdían por las calles sin rumbo buscando un hijo muerto, un enamorado que nunca volverá o quizá buscándose a sí mismos. Vagabundos honrados simulaban escribir versos en la buhardilla de un edificio viejo, vapuleado por las bombas del odio. Necios inmortales se lanzaban al vacío sin esperar nada ya de esta vida. Otros, quizá la mayoría, intentaban rehacer su vida al lado del régimen, arrastrando los pies a cada paso, ocultando la mirada como si nada hubiese pasado.
Yo entonces no buscaba nada. Quizá por eso, porque no lo buscaba, lo encontré. Apareció el amor una mañana de primavera de 1943. Ella estaba sentada en la sombra de un andén de la estación de Bilbao, sin mirar a nadie, como si no se diera cuenta de su belleza. De alguna manera, ella iluminaba la estación. No tenía veinte años y parecía un ángel. El cabello castaño suelto en los hombros recordaba a la Venus de Botticeli, vestida de franela azul. Parecía sacada de un cuento de princesas y dragones, o de una novela romántica del amor inalcanzable. En unos segundos parecía que el mundo dejaba de existir a mi alrededor. Era como si el Arquitecto del mundo, en su infinita paciencia, hubiera preparado ese dulce encuentro desde antes de crear el universo. Quien crea que uno elige el amor cuando quiere, donde quiere y como quiere, está muy equivocado. Porque es exactamente al revés. Es el amor el que nos escoge a nosotros. Ya sé que hoy nadie cree en los flechazos de amor, pero puedo asegurar que, al menos yo, volví a nacer el día en que vi por primera vez a Antonia Jiménez.
Me parecieron eternos los segundos en que tuve que decidir si quedarme de pie a unos metros de ella, como si nada, o arriesgarme a la locura de la seducción. La verdad es que vestido de mecánico no estaba en las mejores condiciones para el romance, pero uno sabe que momentos mágicos como ese, en la vida, se podían contar con los dedos de una mano y que no hay que desaprovecharlos. Tenía que elegir un camino, como Robert Frost. Podía decirme que no y regresar a casa, bajar las persianas y dar las buenas noches al mundo, o podía arriesgarme. En eso consiste un carpe diem bien entendido.
Yo entonces no buscaba nada. Quizá por eso, porque no lo buscaba, lo encontré. Apareció el amor una mañana de primavera de 1943. Ella estaba sentada en la sombra de un andén de la estación de Bilbao, sin mirar a nadie, como si no se diera cuenta de su belleza. De alguna manera, ella iluminaba la estación. No tenía veinte años y parecía un ángel. El cabello castaño suelto en los hombros recordaba a la Venus de Botticeli, vestida de franela azul. Parecía sacada de un cuento de princesas y dragones, o de una novela romántica del amor inalcanzable. En unos segundos parecía que el mundo dejaba de existir a mi alrededor. Era como si el Arquitecto del mundo, en su infinita paciencia, hubiera preparado ese dulce encuentro desde antes de crear el universo. Quien crea que uno elige el amor cuando quiere, donde quiere y como quiere, está muy equivocado. Porque es exactamente al revés. Es el amor el que nos escoge a nosotros. Ya sé que hoy nadie cree en los flechazos de amor, pero puedo asegurar que, al menos yo, volví a nacer el día en que vi por primera vez a Antonia Jiménez.
Me parecieron eternos los segundos en que tuve que decidir si quedarme de pie a unos metros de ella, como si nada, o arriesgarme a la locura de la seducción. La verdad es que vestido de mecánico no estaba en las mejores condiciones para el romance, pero uno sabe que momentos mágicos como ese, en la vida, se podían contar con los dedos de una mano y que no hay que desaprovecharlos. Tenía que elegir un camino, como Robert Frost. Podía decirme que no y regresar a casa, bajar las persianas y dar las buenas noches al mundo, o podía arriesgarme. En eso consiste un carpe diem bien entendido.
lunes 30 de julio de 2007
La poesía en el frente
Nos sentamos en la sala común del edificio de la base aérea, que estaba repleta de sillas. Los que llegaron más tarde tuvieron que quedarse atrás, de pie. Y algunos, más espabilados, se sentaron en primera fila en el suelo. No cabía ni un alfiler. Todos estábamos pendientes de las palabras del poeta comprometido.
Miguel Hernández sonrió con nuestros aplausos y luego esperó a que hubiera un completo silencio para comenzar la arenga. La poesía debe cuidarse en el momento en que se lee o se recita. No puede ser de otra manera.
El poeta habló sobre la importancia de luchar por la libertad de nuestra patria, amenazada por la bota de los militares sublevados afines al nazismo alemán y al fascismo italiano. La nación española tenía un gran pasado histórico y no podía convertirse en un país fascista. España tenía que ser hoy y siempre republicana y libre. Yo me sentí orgulloso de estar ahí y soportar todo eso para luchar por mi patria y por mi familia.
Luego el poeta alzó el tono de voz y dijo que nuestras madres tenían que estar muy orgullosas de nosotros. Ellas se habían sacrificado mucho y no podíamos fallarlas. Y, con una voz que jamás podré olvidar, acabó la arenga con unos estremecedores versos:
Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda
de tanta hermosura ausente.

Miguel Hernández sonrió con nuestros aplausos y luego esperó a que hubiera un completo silencio para comenzar la arenga. La poesía debe cuidarse en el momento en que se lee o se recita. No puede ser de otra manera.
El poeta habló sobre la importancia de luchar por la libertad de nuestra patria, amenazada por la bota de los militares sublevados afines al nazismo alemán y al fascismo italiano. La nación española tenía un gran pasado histórico y no podía convertirse en un país fascista. España tenía que ser hoy y siempre republicana y libre. Yo me sentí orgulloso de estar ahí y soportar todo eso para luchar por mi patria y por mi familia.
Luego el poeta alzó el tono de voz y dijo que nuestras madres tenían que estar muy orgullosas de nosotros. Ellas se habían sacrificado mucho y no podíamos fallarlas. Y, con una voz que jamás podré olvidar, acabó la arenga con unos estremecedores versos:
Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda
de tanta hermosura ausente.

Se me humedecen los ojos cada vez que leo los versos de Miguel Hernández. Casi puedo acordarme de su voz aquella noche… Muchos de nosotros, aviadores republicanos, jamás podremos olvidar aquella voz de poeta…
Sus palabras llenaron de lágrimas aquella inolvidable velada de literatura y de guerra. Llevábamos meses fuera de casa, abandonados en un sórdido desarraigo donde sólo había destrucción y maldad. En un mundo donde el diálogo era inútil no cabía el respeto ni el amor. Sólo la muerte infecunda. Porque no hay nada que deshumanice más al ser humano que la guerra.
viernes 1 de junio de 2007
Estos días azules y este sol de mi infancia
A veces la vida nos empuja a situaciones que creíamos haber leído antes, en alguna parte. Entonces todo parece un cuento y nos encontramos de pronto en algún capítulo de la novela de nuestra vida, escrita mucho antes y vivida ahora por primera vez. Pero a veces ocurre lo contrario. Leemos algo que ya hemos vivido, quizá un verso, y las palabras se diluyen en la frágil frontera de la memoria y los sueños.
La historia que te voy a contar ocurrió de verdad, aunque otros ya la han explicado antes desde otros puntos de vista, con mejor o peor fortuna. No es la historia de los generales del ejército ni la de los políticos afamados, sino la de un proletario que luchó en la guerra civil para defender los ideales de su padre. Es mi historia, o lo que yo recuerdo de ella.
Porque el primer verso de un poeta puede suscitar infinidad de historias, pero su último verso, el que se despide del mundo, puede resumir toda una vida.
La historia que te voy a contar ocurrió de verdad, aunque otros ya la han explicado antes desde otros puntos de vista, con mejor o peor fortuna. No es la historia de los generales del ejército ni la de los políticos afamados, sino la de un proletario que luchó en la guerra civil para defender los ideales de su padre. Es mi historia, o lo que yo recuerdo de ella.
sábado 26 de mayo de 2007
Una historia de aviadores
No recuerdo cuándo fue la primera vez que mi abuelo me contó su historia. Debía ser muy pequeño, porque si no lo recordaría. Él solía explicarme sus aventuras decenas de veces, siempre con los mismos gestos y con las mismas miradas. Nunca omitía ningún detalle que no hubiera contado antes. Incluso lo más nimio, como los numerosos datos técnicos de los aviones de la guerra civil, se lo sabía de memoria...

Aunque jamás escribió su historia de puño y letra, la contó infinidad de veces a sus nietos porque sabía lo importante que es aprender a escuchar.

Los mecánicos de aviación, quizá por la humildad de su posición, son los grandes desconocidos de nuestra historia que dieron la posibilidad de la gloria a los ases republicanos y nacionales, en su lucha por conquistar el cielo. Las batallas del aire no las libraban sólo los pilotos de cazas o de bombarderos, sino también todos los trabajadores, mecánicos, ayudantes, armeros, observadores, que preparaban sin descanso los motores y la artillería de los héroes de la aviación. Estas memorias pretenden rendir homenaje a aquellos teloneros del aire que, como Julio, trabajaron día y noche para abrir el espectáculo antes de la actuación principal. En estas páginas, por tanto, las vivencias de un humilde mecánico y aviador republicano quedarán expuestas en toda su desnudez para que el lector, consciente de los equívocos de la memoria, reviva esos sucesos históricos como mi abuelo los contaba.
Aunque jamás escribió su historia de puño y letra, la contó infinidad de veces a sus nietos porque sabía lo importante que es aprender a escuchar.
jueves 26 de abril de 2007
Próximamente...
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